A media voz (2019), de Patricia Pérez Fernández y Heidi Hassan

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En 1968 Tomás Gutiérrez Alea abrió una de las muchas ventanas audiovisuales de la nación, con aquella escena memorable de Memorias del subdesarrollo, donde al inicio de la película Sergio se despide de los suyos en el aeropuerto.

Es una escena breve, pero intensa, difícil de olvidar: allí permanecen las miradas, los rostros emocionados, los silencios elocuentes que describen con impresionante precisión el dolor sumergido que ha acompañado todo el tiempo a la imagen épica que suele atribuirse a la revolución nacida en 1959.

Pero esa ventana fue clausurada casi al instante por la desmemoria. Sergio decide quedarse en Cuba, regresar a casa, y a partir de entonces la cámara se encarga de seguirlo a todas partes: se había cumplido el ritual de una despedida colectiva donde quienes decidieron irse recibieron el adiós más enérgico del Estado y los espectadores.

Todo el cine cubano que vino después se encargaría de enfatizar esa mirada que emula con el gesto del funcionario de aduana estampando en un pasaporte aquello de “Salida definitiva”. Audiovisualmente, la vida en ultramar de los que se fueron no existirá, pues en todo caso lo que a partir de los ochenta (sobre todo con el documental 55 hermanos y la ficción Lejanía, ambos materiales de Jesús Díaz) se muestra es el regreso, y la interacción con lo que se dejó atrás.

En realidad, si uno quisiera saber qué pasó con la gente que Sergio despidió en Memorias del subdesarrollo tendría que ver El super (1979), de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal, la cual se apoya en la obra homónima de Iván Acosta. No es el único filme que describe las vicisitudes de nuestros compatriotas en tierras extranjeras, pues allí estarían también Amigos (1985), de Iván Acosta, Cercanía (2005), de Rolando Díaz, o Memorias del desarrollo (2010), de Miguel Coyula, por mencionar algunas.

Ahora A media voz (2019), de Patricia Pérez y Heidi Hassan, se suma a ese conjunto de filmes que ya viene pidiendo a gritos una reformulación del enfoque nacionalista de nuestro cine. Si hasta ahora entendíamos por cine cubano exclusivamente esas producciones que hablaban desde la isla, y sobre la isla, con esta película las realizadoras colocan al espectador en una posición donde la perspectiva transnacional nos permite captar los infinitos matices que uno puede apreciar en este hermoso relato concebido como un diálogo con la nación, entendida en el sentido de comunidad imaginada que en su momento le asignó Benedict Anderson.

Temas como el del lugar del origen, la residencia, el territorio y la desterritorialización, atraviesan todo el planteamiento epistolar de una película que hace suya buena parte de esa agenda donde las identidades se discuten a partir del impacto que han tenido en ellas el cruce de lo local y lo global, lo nacional y lo transnacional.

El tono escogido apunta hacia el intimismo, a lo dicho sin esa altisonancia típica de los discursos donde lo único que cuenta es el nacionalismo explícitamente político. Y, sin embargo, la anécdota más política no puede ser, toda vez que se están revisando las vidas invisibles de dos mujeres comunes que han decidido construir sus propios caminos al margen del mandato social dominante. Mujeres que rememoran con un espíritu casi fenomenológico lo que ha significado compartir una Historia, una cultura, un idioma, una condición femenina, y sobre esa base establecen paralelos a través de los cuales se articulan después las interpretaciones más personales de los espectadores.  

En términos cinematográficos, A media voz es arriesgadísima. Atrás han quedado, definitivamente, los tiempos en que se pensaba el documental como algo que retrataba la realidad de modo objetivo. Al contrario: con el filme de Heidi Hassan y Patricia Pérez la subjetividad se convierte en el territorio que nos va revelando la tremenda riqueza de eso que hemos simplificado con el nombre de Cuba, y pudiera ser un ejemplo inmejorable de esta observación que tantas veces se ha citado de Henry Breitose: “Una tendencia reciente en el documental contemporáneo es la de intentar salvar el espacio entre el Yo y el Otro y hacer experimentos con sujetos que se representan a sí mismos como quisieran ser vistos”.

Estamos en presencia de una película que, como Titón en su momento, abre una nueva ventana audiovisual de la nación. Los paisajes que muestra no son tantos los exteriores que rodean a las protagonistas (el mar, los espacios urbanos iluminados), como esos escenarios íntimos en que cada uno de los seres que somos debemos desenvolvernos en lo cotidiano, más allá de las exigencias de la plaza pública, más allá de las ficciones del espacio físico en que nos toca compartir metas comunes y diferencias.

Es, además, otro modo de recordarnos que el valor del mejor cine nunca estará asociado a la supuesta superioridad moral de un discurso que se esgrime como intocable. Aquí la modestia de la cámara que se sabe subjetiva neutraliza cualquier conato de moralización superficial, y el espectador común agradece que en esa conversación a media voz que acontece entre las realizadoras, se le conceda un espacio para intervenir y multiplicar las posibles preguntas.

Juan Antonio García Borrero

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