EL ICAIC, 2024

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Hoy, ya lo sabemos, el ICAIC cumple un nuevo aniversario de su fundación, y me parece que la mejor manera de ayudar a que la institución siga existiendo a la altura del legado forjado en su mismísima primera década de existencia, es asumiendo autocríticamente cuáles pueden ser ahora mismo sus fortalezas y sus debilidades.

Cuando el ICAIC surgió en 1959 podía darse el lujo de hablar de la fundación de un cine nacional. Porque es real que no existía una industria cinematográfica; sí había un gran interés por crearla (y allí están los testimonios de Ramón Peón o Manolo Alonso, entre otros, que dedicaron buena parte de su vida a construir un camino previo), pero no esa formidable perspectiva de conjunto que no solo concibió al cine nacional como producción, sino también como distribución, exhibición y consumo.

Este ha sido un trayecto durísimo donde los cineastas (razón de ser de esa institución) han sabido crecerse a la par como creadores y ciudadanos. Las intervenciones públicas que en las diversas etapas de su existencia han tenido sus miembros, nos hablan de un perfil que jamás ha sido abandonado, más allá de lo que se pueda expresar oficialmente por la presidencia del Instituto: el de la inconformidad de los cineastas.

Pienso que en esta hora de recuento lo primero que deberíamos examinar es la posible congruencia o incongruencias entre aquellas metas que se propuso el ICAIC desde el primer minuto de su creación, y las alcanzadas en estos 65 años. Para facilitar un poco el análisis, me gustaría partir de las seis metas que resumiera Alfredo Guevara en el primer número de la revista “Cine Cubano”, al asegurar que el nuevo cine cubano:

1. Será un cine artístico.

2. Será un cine nacional.

3. Será un cine inconformista.

4. Será un cine barato.

5. Será un cine comercial.

6. Será un cine técnicamente terminado.

Las metas propuestas por Guevara parecen inspiradas en las batallas que por entonces libraban las cinematografías europeas (sobre todo la italiana y la francesa). Podrá recordarse que para André Bazin lo importante no era cambiar el gusto de los espectadores, sino elevar la calidad de las películas, que a la larga sería lo que habría de transformar el nivel de percepción del espectador. Una utopía compartida por casi todas las cinematografías que no eran Hollywood, y que posibilitó que se pusieran de moda en Europa, por esa fecha, los Estados asistenciales interesados en fomentar “un cine nacional”. La coincidencia en el tiempo con un hecho histórico como la Revolución, contribuyó a asentar en el imaginario colectivo que “otro cine” también era posible.

Sin embargo, es evidente que la producción del ICAIC, en términos cuantitativos, no siempre ha sido “artística”, ni “técnicamente terminada” (algo que supo argumentar muy bien García Espinosa con su todavía polémico ensayo “Por un cine imperfecto”), y mucho menos “comercial”, aunque sí puede afirmarse que, por lo general, fue un cine barato (siempre hay excepciones) e invariablemente “nacional” (léase “nacionalista”).

Hoy el ICAIC tiene la oportunidad de convertirse en el gran articulador de ese conjunto de prácticas asociadas al audiovisual que hablan de la nación cubana. Pero, para empezar, tendrá que reformular todos esos conceptos que a cada rato sacan a relucir, peligrosamente, los fantasmas del “icaicentrismo”, e insisten en confundir la historia del cine cubano con la historia del ICAIC.

La institución ICAIC no pierde absolutamente nada reconociendo que más allá de su perímetro (incluso más allá de la isla), existe “cine cubano”. Al contrario: la oportunidad de establecer un diálogo con lo diverso sería una ganancia extraordinaria. Porque, al final, el ICAIC ha sido una escuela fenomenal para aquellos que han querido respirar cine, y escuela al fin, se supone que forme individuos críticos, no simples epígonos.

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