El otro Cristóbal (1964), de Armand Gatti

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Se habla de Soy Cuba como la película más delirante de ese temprano cine que se hiciera en el ICAIC. Pienso que El otro Cristóbal (1964), de Armand Gatti, le supera en pretensiones de ese corte. No hablo de los resultados, sino de los propósitos: Soy Cuba quiso ser un poema, un fresco visual donde los sentidos (no obstante el vértigo de la cámara) buscaba la fascinación; El otro Cristóbal, en cambio, es puro terrorismo audiovisual. Difícil encontrar allí algo que se parezca a la mesura.

La película resulta interesante en la misma medida que describe una de las tantas pulsiones que movilizaba a la izquierda del momento. Es posible que esté por medio la personalidad de Armand Gatti (n. Mónaco, 24 de enero de 1924), periodista, dramaturgo, director del filme El cerco (1961), que en el II Festival Internacional de Cine de Moscú le posibilitó la obtención del premio a la mejor dirección cinematográfica. Antes Gatti había participado en la resistencia antifascista, había sido detenido y conocido de la vida en un campo de concentración, además de viajar en 1956 por la Siberia, y colaborar con Chris Marker en el documental Carta de Siberia.

Hablamos, pues, de un hombre con un temperamento rebelde, pero en el fondo de El otro Cristóbal es posible detectar querencias comunes que descansaban en lo más profundo de la época: una de ellas, la liquidación radical de un modo de representación de la realidad que se asociaba al pasado estéril.

En tal sentido, quizás sean útiles revisar algunas de las ideas que el propio Gatti aportara en aquella mesa redonda que el ICAIC organiza con el tema “¿Qué es lo moderno en el arte?. Referencia: el cine”, y donde participan, además de Gatti, Kurt Maetzig (RDA), Andrzej Wajda (Polonia), Mijail Kalatozov (URSS), Vladimir Cech (Checoslovaquia), Julio García-Espinosa (Cuba), Tomás Gutiérrez Alea (Cuba), y Jorge Fraga (Cuba). En ese encuentro, Gatti llegaría a afirmar:

Para mí, aunque parezca brutal, el pasado pertenece a los cadáveres y el futuro, tal como se plantea aquí esta noche, me parece una forma resumida del cristianismo que predica la vida eterna. Por lo tanto, sólo le doy valor al presente. (…)

Para mí, para dar una definición más simple, el artista que no es de izquierda, para emplear una gran palabra, el artista que no va en el sentido de la historia, no existe. Pero mientras tanto, el artista que va en el sentido de la Historia, que no es un elemento de subversión en el interior de ese movimiento de manera de poner siempre en cuestión las victorias conquistadas, es un artista petrificado.

(…)

Yo creo que el fin del creador es destruir cierto número de costumbres, de maneras de ver que enferman al hombre. Cada nueva manera de ver que se le aporte al hombre es una manera de liberarlo porque, como dije un día por la televisión moscovita –aunque creo que fue mal traducido- el fin del artista es repatriar el ser en el hombre”.

La película es fiel a esa devoción, y un exaltado homenaje a un fenómeno que inspiró en las grandes masas de desposeídos el deseo de corregir las injusticias sociales. Faltaba, sin embargo, esa dosis de análisis crítico que hubiese permitido captar las peripecias del sujeto de carne y hueso interactuando con el sujeto colectivo.

¿Cuánto de subversión puramente retórica había allí, y cuánto de verdadero ánimo de contribuir a un cambio radical, que dejase atrás ese pasado enfermizo, para utilizar el término de Gatti? Al margen de los resultados, puede decirse que El otro Cristóbal fue un sincero esfuerzo por dinamitar todo lo que oliese a modelo de representación anquilosado. Según el propio Gatti, en entrevista previa al rodaje:

El título provisional, que puede ser definitivo, es Otra vez Cristóbal. Necesitaremos realizar mucho trabajo técnico y trataremos de hacer innovaciones. El tema no será solo cubano, sino que también comprenderá la América Latina y el Mundo en general. Es la vida de un dictador del Caribe, la lucha entre ese dictador y el pueblo cubano. Hemos tratado de darle un sentido poético a esto porque queremos tratar de presentar al pueblo cubano en todo su dinamismo. Hay una manera de ser cubano que no se encuentra en ningún otro país. Quisiéramos traducirla exactamente como es y llevarla al mundo. No sólo habrá en el film planos poéticos, sino los habrá políticos, críticos y humorísticos”.

La película contó con la dirección de fotografía del célebre Henri Alekan, y fue, en efecto, un despliegue alucinante de ideas vanguardistas que le valió, entre otras consideraciones, ser considerado por Louis Chauvet, el crítico de “Le Figaro”, como “(U)n subproducto de “La Poupée”, de Baratier. Un conglomerado de payasadas y de extravagancias carnavalescas, a las cuales preferiremos sin dudar la franca demencia de Hellzapoppin”.

El otro Cristóbal supuso la entrada de la joven cinematografía revolucionaria a un circuito como el del Festival de Cannes. También desagradables discusiones con los codistribuidores franceses del filme, quienes pretendían convertirse en propietarios de la cinta. Fue una buena oportunidad para llevar a las pantallas europeas la idea de que en aquella lejana isla también el cine comenzaba a manifestarse con ímpetus revolucionarios.

Sin embargo, lo que fallaba (y aún falla en la película), es esa mirada que habla de los problemas de América Latina desde la contraposición más bien ingenua del dictador y el pueblo, el caudillo y el rebaño. Para Gatti, “hay una manera de ser del cubano que no se encuentra en ningún otro país”, o “debo decir que nunca encontré una Revolución que se haya hecho con tanto entusiasmo como la cubana”.

Tal vez ello habría contribuido a que Gatti (y con este, buena parte de los espectadores que entonces se azoraban con El otro Cristóbal) entendiesen que no hay exactamente “una manera de ser del cubano que no se encuentra en ningún otro país”, sino todo lo contrario, que a los cubanos (como al resto de la humanidad) también nos obsesiona el deseo de ser felices.

Juan Antonio García Borrero

El otro Cristóbal (1963), de Armand Gatti
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