El parque de Palatino (1906)

Cine silente Documental

País: Cuba

Género: Documental

Formato: 16 mm

Tiempo: 6’

Color: Blanco y Negro

País: Cuba

Dirección: Enrique Díaz Quesada

Fotografía: Enrique Díaz Quesada


Sinopsis

Escenas del parque de diversiones Palatino Park, inaugurado en La Habana el 8 de marzo de 1906.


Comentario

De esa primera etapa apenas han llegado a nuestras pupilas evidencias tangibles del esfuerzo de los pioneros. Solo contamos con lo que dijeron los periódicos en el momento de los estrenos. Con los títulos de las películas, que muchas veces eran verdaderas declaraciones de principios patrióticos. En este sentido, se ha reparado poco en que, aún cuando en aquella fecha estaba lejos de pensarse en la creación de un Instituto de cine que dictara las pautas de la creación, en el conjunto de películas que se filmaron se adivina una suerte de “política cultural” involuntaria, todo el tiempo apologético del nuevo orden.

En el cine silente, al margen de la ingenuidad de las estrategias de representación, pensadas desde la servidumbre espiritual que propiciaba entonces la hegemonía de la literatura, también es posible estudiar el modo en que esa sociedad se empeñaba en verse a sí misma, más allá de la realidad objetiva. En este sentido, el reencuentro crítico con El parque de Palatino (1906), primer cortometraje realizado por Enrique Díaz Quesada, podría ser revelador de ese mecanismo inconsciente de sublimación del entorno en que ha caído de modo inevitable el cine en Cuba, siempre que colectivamente se ha protagonizado un hecho de gran relevancia para la nación.

El parque de Palatino nos regala imágenes de un centro de diversiones que recién había sido inaugurado en La Habana el 8 de marzo de 1906. La cámara (o mejor dicho, Díaz Quesada) registra el hormiguero de gente que acude al espacio. Enfoca los carteles donde se anuncian los Cigarros Cabañas (“cigarros siempre buenos”). El Teatro de Variedades Tivoli. La Montaña Rusa. El Mantecado con barquillos. ¿Qué significado pueden tener para nosotros, cien años después, esas imágenes tomadas con el candor de quien piensa que la realidad es aquello que alcanzó a ser registrado por el tomavistas?, ¿qué utilidad podrían tener para nuestros descendientes ese mar (ahora muerto) de formas luminosas proyectadas sobre una pantalla?

Mi criterio es que, por el momento, esa utilidad no puede ser pensada en su integralidad debido a razones estrictamente políticas. El equívoco de asociar siempre el texto fílmico a la ideología no comenzó exactamente en 1959, con la creación del ICAIC y la aceptación de lo resumido en el dictum “Dentro de la Revolución, todo, contra la Revolución, nada”. Esa pretensión de reducir el cine al papel de un vocero ideológico ya tenía su raíz en aquella etapa fundacional de Díaz Quesada, debido a la visión nacionalista que, luego del 20 de mayo de 1902, y el advenimiento de una generación desencantada con lo que comenzaba a advertirse en la recién estrenada República, propició que el cine (que fundamentalmente provenía de los Estados Unidos) fuera mirado con suspicacia.

La inocencia de El parque de Palatino (con su suerte de homenaje involuntario al Coney Island de New York) era, a los ojos de esta vanguardia intelectual que comenzaba a combatir la omnipresencia cultural de los Estados Unidos en la isla, un gesto en verdad “político”, como lo podía ser también el hecho de que Ramón Peón creara los inter-títulos de La Virgen de la Caridad (1930) simultáneamente en inglés y español. Ya desde esos momentos se comenzaba a prefigurar en algunos grupos esa ansiedad por contar no solamente con una industria cinematográfica nacional, sino que, además, se pusiera en función de un nacionalismo explícito, lo cual, dicho sea de paso, practicaban a su manera Díaz Quesada y el propio Peón. (Juan Antonio García Borrero)


“En El parque de Palatino están presentes algunos indicios de las condiciones relevantes de Díaz Quesada, apreciables a despecho de la brevedad de ese trozo de filme y, por tanto, de la fugacidad de su tránsito por la pantalla. No hay duda, por ejemplo, del sentido del humor de Díaz Quesada, aunque la comicidad de algunos momentos sea producto de la vestimenta de la época y de lo arbitrarias que se nos antojan semejantes actividades en tales gentes. En esos pocos pies de celuloide, lo único que nos queda de la obra varia y extensa de un hombre que vivió sólo para el cine, dominado por la pasión del filme, son muchos de los aciertos al elegir el sujeto y al asestarle el lente” (José Manuel Valdés Rodríguez)


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