El Fanguito (1990)

Documental ICAIC

País: Cuba

Género: Documental

Formato: 35 mm

Tiempo: 12’

Color: Color

Productora: ICAIC

Productora: Jorge Delvaty

Dirección: Jorge Luis Sánchez

Guión: Alexis Núñez Oliva, Jorge Luis Sánchez, Félix de la Nuez, Benito Amaro

Fotografía: Rafael Solís

Edición: Félix de la Nuez

Sonido: Ricardo Pérez


Sinopsis

En las márgenes del río Almendares, los habitantes de El Fanguito han configurado su espacio marginal en pleno corazón de La Habana. Las transformaciones creadas por la Revolución se han reflejado en el barrio, pero siempre desde su marginalidad. Testimonios llenos de contradicciones, dramas y esperanzas, revelan la humanidad de sus protagonistas.


Comentario

Un poco antes de la realización de El Fanguito, el espíritu estético de la época había conocido a través de las artes plásticas cubanas un importante aire de renovación. Fueron años de intensas polémicas, donde los nombres de Esson, Bedia, Rodríguez Brey y Cuenca, entre otros creadores, contribuyeron a aportarle al paisaje artístico insular, fructíferos sobresaltos y pupilas insomnes en el sondeo de la realidad. Ese mismo espíritu de búsquedas e inconformidad, comenzó a prevalecer como rasgo creativo en el Taller de Cine de la Asociación Hermanos Saíz, creado el 21 de junio de 1987, y en el que figuraban, además de Jorge Luis Sánchez, entre otros, Marco Antonio Abad (Ritual para un viejo lenguaje/ 1989), Manuel Marcel (A Norman McLaren/ 1990), Ricardo Martínez (Reflexión/ 1991), Fran Rodríguez (La pesadilla Dilla/ 1990) Enrique Alvarez (Sed/ 1992) y Lorenzo Regalado (Basura/ 1992).

Jorge Luis Sánchez (1960) fue uno de los principales animadores de este renacimiento audiovisual en las postrimerías de los ochenta. Luego de graduarse en Pedagogía se vincula al ICAIC en 1981, primero como asistente de cámara y después como asistente de dirección. Sin embargo, es con su labor en el Taller de Cine de la Asociación Hermanos Saíz que obtiene la relevancia, dada la promoción de un arte mucho más atento a las contradicciones que por entonces sacudían a la sociedad, en franco contraste con el realizado oficialmente por el ICAIC.

A mi modo de ver, lo más osado (y logrado) de un documental como El Fanguito, está en su descenso al “margen”, para desde ese espacio conformar sus propias reflexiones críticas. A diferencia de esa práctica más bien generalizada a través de la cual un “centro” de poder publica sus percepciones de aquel “margen”, y sobre esa base distante y autoritaria “clasifica” las acciones de sus ocupantes en buenas o malas, morales o inmorales, El Fanguito (al igual que su antecedente Un pedazo de mí) nos proponen una lectura del fenómeno marginal mucho más desprejuiciada, naturalista, y yo diría, legítima. Una lectura desde el interior, y, por tanto, mucho más comprometida.

Con una soltura impactante, Sánchez retrata a sus personajes según son ellos (y no según se debería esperar que estos fueran), construyendo un universo que hace trizas los estereotipos que un receptor no marginal pudiera tener del asunto. En el plano temático, la conexión con Sara Gómez es tal que uno hasta llega a preguntarse si el Miguel de aquel documental de la cineasta no estará viviendo ahora en El Fanguito; o si la madre de este no será una de esas mujeres que se pronuncian con espontaneidad y hasta candor sobre ese contexto que les ha tocado vivir.

Pero El Fanguito no es, en modo alguno, un filme de tesis sociológicas, no obstante su decidido tono de denuncia. Estamos, en verdad, ante una película que prefiere el intimismo desgarrador a la estridencia del panfleto: Jorge Luis Sánchez ha terminado por regalarnos una conmovedora historia de seres humanos que palpitan en pantalla, que confiesan con naturalidad sus ilusiones y desilusiones; una historia donde las reflexiones ocupan el lugar de los resentimientos estériles, con lo que es posible encontrar algo más que una pasarela de quejas altisonantes, por justas que estas sean.

Con envidiable sutileza, Sánchez se encarga de que en ese mosaico variopinto de testimonios críticos predomine, a pesar de todo, una suerte de optimismo colectivo: es probable que estas personas se hayan habituado, con el tiempo, a esperar más de sí mismos que del Poder, y esto, lejos de interpretarse como un síntoma de renuncia o dejadez, al menos a mí me causa la impresión de una renovada vitalidad. Son personas que han aprendido a reconstruirse sus propias utopías, a no renunciar a sus propios sueños, no obstante, la adversidad de las circunstancias.

Y si bien Sánchez intuye que gran parte del impacto de su documental probablemente se sostenga sobre la base de los testimonios registrados (humanos, demasiado humanos), no por ello descuida la factura del mismo. La película no apela a efectismo visual alguno y prescinde de ese tono moralizante con que otro realizador menos sensible hubiera cubierto el asunto. Lo que interesa es el relato cinematográfico, el desarrollo de una historia que termina siendo cálida por su humanidad, a pesar de la aridez de la zona que examina.

En tal sentido, la fotografía de Carlos Rafael Solís es muy sabia a la hora de alternar primeros planos con planos generales del lugar; la suya es una fotografía que no necesita “embellecer” porque sabe que la belleza esta vez está en la autenticidad de aquello que se muestra, en el registro de esa atmósfera “marginal” que más tarde el montaje de Félix de la Nuez, junto a la música de Enrique González, terminan por convertir en algo raramente poético. Ese tal vez sea el valor más notable de este filme: su indiscutible capacidad comunicativa, el retorno a esa militancia crítica que desde su nacimiento había ostentado el documental revolucionario, extraviada tras un período de infértiles producciones que apenas se proponían el repaso complaciente de una realidad en apariencia armónica y sin mayores conflictos.

No sé por qué desde que conozco El Fanguito, siempre que paso cerca del río Almendares me embarga una suerte de desazón sensorial. No es pesimismo, sino más bien asombro mezclado con suspicacia: entonces me pregunto, ¿así que eso que ahora ve mis ojos no es exactamente la realidad?, ¿así que ser un marginal no tiene nada que ver con la ubicación geográfica, sino con el fardo de invisibilidad que cargues a tus hombros?, ¿así que podemos devenir marginales hasta en el corazón de una gran metrópolis, de una gran Época?. Justo en esos instantes, aferrado a las barandas del puente, trato de reproducir con mis ojos esa magistral operación final de la cámara de Carlos Rafael Solís, cuando nos devela con cruel morosidad la dimensión exacta de nuestras desatenciones y despistes diarios. Sospecho que hubiera bastado apenas ese plano tan inquietante como revelador, para hacer de El Fanguito la obra notable que ya es. (Juan Antonio García Borrero)


Fuente

El Fanguito (1990), de Jorge Luis Sánchez, por Juan Antonio García Borrero (Blog Cine Cubano, la Pupila Insomne)



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