Hemingway

Año: 1962

País: Cuba

Género: Documental

Formato: 35 mm

Tiempo: 20’

Color: Blanco y negro

Productora: ICAIC

Producción: Guillermo García

Dirección: Fausto Canel

Guión: Marc Schleifer, Fausto Canel

Texto: Lisandro Otero

Fotografía: Ramón F. Suárez

Edición: Roberto Bravo

Sonido: Departamento de Sonido del ICAIC


Sinopsis

Un nuevo enfoque de la vida del famoso escritor Ernest Hemingway.  


Declaraciones del director Fausto Canel

“En una Cuba ya abiertamente comunista, y en un contexto en el que las diferentes tendencias políticas y estéticas eran cada día más controladas (“dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”), no nos quedó más remedio que buscar excusas o coyunturas que nos permitiesen tocar los temas que de verdad nos interesaban. El suicidio de Ernest Hemingway y el interés que el régimen tuvo de hacer del escritor un ejemplo de pro-castrismo estadounidense fueron clave para que me dejasen hacer este documental aparentemente apolítico. Claro que el mero hecho de que la Cuba Socialista hiciese un documental sobre una gloria de EE.UU ya de por sí era propaganda suficiente. Pasé un par de semanas en la finca Vigía, mucho antes de que la castraran en museo turístico — y allí conseguí material tan inédito que ni Joris Ivens, el gran documentalista holandés con quien Hemingway hizo Tierra Española durante la guerra civil, lo conocía. Lisandro Otero escribió un texto alusivo y muy cinematográfico y el resultado fue un documental que ganó (compartido con Primer Carnaval Socialista, de Alberto Roldán) el Grand Prix del Festival Internacional de Sestri Levante, Italia, en 1963”. 


Declaración del guionista Lisandro Otero

“Solo he tenido una experiencia cinematográfica como guionista del documental de Fausto Canel sobre Hemingway. Para mí fue una experiencia muy refrescante, trabajé como si jugara. Me sentía muy distante del estado de ansiedad que a menudo experimento cuando escribo, por un deseo de perfección no alcanzado. En este documental mi labor fue improvisada, superficial, sin embargo, al final todos los elementos se componían en un resultado más o menos bueno”


Julio García-Espinosa sobre el documental

“Por un camino parecido parece trabajar Fausto Canel. El Congo y Hemingway, sus dos mejores documentales, son testimonios de una actitud similar. Aunque Canel calza el espectáculo con la fuerza de realidades más concretas: El Congo no en una fecha cualquiera sino en el momento en que asesinan a Lumumba; Hemingway el escritor, el hombre, el hombre-escritor, el escritor-hombre, un análisis donde no se pueden separar ambas cosas, donde no se puede especular en abstracto. El Congo, por su parte, sería un documental bastante completo si no fuera porque una de sus narraciones, ajenas al estilo, (son dos tipos de narraciones: la otra, válida, se ajusta escuetamente a los hechos) a veces resulta retórica y especulativa. Hemingway, en cambio, es un documental más logrado, sobre todo si se tiene en cuenta la aridez del tema. Canel se las ha arreglado para, con una edición ampliamente imaginativa, obviar la dificultad que representa plantear en un documental el sentido de la vida y la obra de un escritor. Es un documental que divulga la vida y la obra de un hombre y no es didáctico. Es un documental cuyo autor no abandona el cine como espectáculo y resulta lo suficientemente serio como para interesarnos en el análisis del material escogido. Habría que señalarle que, consecuente con esta última posición, se hacía innecesario insertar los testimonios presentes de Ivens y sobre todo el del viejo pescador amigo de Hemingway, ya que la pobreza de estas escenas debilita la unidad del documental y apenas agregan algún concepto nuevo al mismo”.   


HEMINGWAY (1962), de Fausto Canel

En un post publicado en su blog “Puente Ecfrático”, el estudioso Gerardo Muñoz hace interesantes observaciones en torno al documental Hemingway (1962), del realizador Fausto Canel. Muñoz repara, por ejemplo, en cómo la figura del célebre escritor norteamericano será citada por el propio Canel en su posterior largometraje Desarraigo (1966), en un tono entre crítico y suspicaz que luego Tomás Gutiérrez Alea retomará en Memorias del subdesarrollo (1968). Y nos recuerda las coincidencias existentes en esas escenas donde un personaje masculino (encarnado en ambas ocasiones por Sergio Corrieri) le propone a la protagonista femenina una visita a la casa-museo relacionada con el escritor. Nos dice Muñoz:

“Es imposible no recordar la conversación, cuatro años después, entre Sergio Corrieri y Daisy Granados, mientras ambos visitan la casa de Hemingway. En aquella escena, la joven Granados se pronuncia, como si estuviese repitiendo las palabras de Farr años antes contra el fetichismo del museo, y por extensión, de la alta cultura. Lo que se esboza en ambas instancias es la vieja polémica entre la cultura nacional y el cosmopolitismo, el espacio de lo popular y la figura del intelecto, el encierre de la cultura y la apertura de un saber dado en las calles, fuera de los libros. Es curioso además que en ambos casos, son dos mujeres las que toman distancia del museo de Hemingway, y de alguna manera representan los matices de lo popular que, bajo el signo del subdesarrollo, interpela la tradición letrada y los modos mismos de la preservación cultural (el museo). Las dos, Elena en Memorias y Martha en Desarraigo, encarnan tanto la inocencia como las nuevas convicciones de la Revolución.

El breve texto me ha dejado pensando. Más allá del atractivo cultural que Hemingway podía ejercer sobre los realizadores del ICAIC de aquella fecha, sería interesante rastrear la impronta simbólica, es decir, lo que significaba el uso y circulación de un nombre como el de Hemingway en una década fundacional como aquella, donde en apenas dos años se pasó de una revolución con aspiraciones nacionalistas a un gobierno de corte comunista. Creo entender que en ninguna de estas dos películas (Desarraigo y Memorias) se alude a Hemingway desde el punto de vista literario, sino desde el punto de vista estrictamente simbólico.

Por eso pienso que sería un error olvidarnos del contexto concreto en que nace el Hemingway de Fausto Canel, aún cuando resulten legítimas las evocaciones que, más de cuarenta años después, el propio realizador hace de su material; como cuando afirma:

“En una Cuba ya abiertamente comunista, y en un contexto en el que las diferentes tendencias políticas y estéticas eran cada día más controladas (“dentro de la R, todo; fuera de la R, nada”), no nos quedó más remedio que buscar excusas o coyunturas que nos permitiesen tocar los temas que de verdad nos interesaban. El suicidio de Ernest Hemingway  y el interés que el régimen tuvo de hacer del escritor un ejemplo de pro-castrismo estadounidense fueron clave para que me dejasen hacer este documental aparentemente apolítico. Claro que el mero hecho de que la Cuba Socialista hiciese un documental sobre una gloria de EE.UU ya de por sí era propaganda suficiente. Pasé un par de semanas en la finca Vigía, mucho antes de que la castraran en museo turístico — y allí conseguí material tan inédito que ni Joris Ivens, el gran documentalista holandés con quien Hemingway hizo Tierra Española durante la guerra civil, lo conocía. Lisandro Otero escribió un texto alusivo y muy cinematográfico y el resultado fue un documental que ganó (compartido con Primer Carnaval Socialista, de Alberto Roldán) el Grand Prix del Festival Internacional de Sestri Levante, Italia, en 1963”. (1)

Si insisto en la importancia de no perder de vista el contexto puntual, es porque (al menos para los historiadores) solo mediante una perspectiva de conjunto (capaz de aprehender y tener en cuenta las paradojas del momento) podremos obtener una idea más verosímil de lo que estaba sucediendo entonces, más verosímil de lo que las partes en conflicto, cada uno por su lado, exponen en los escenarios donde deben lidiar.

Es real que el “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada” ya comenzaba a imponerse como política cultural que excluía cualquier posibilidad de crítica explícita a la línea gubernamental, pero también es cierto que en ese instante todavía existía una suerte de consenso en el cual “el imperialismo” (el gran adversario externo), se interpretaba como algo ante lo cual había que priorizar “la unidad”, y que justificaba simbólicamente el liderazgo único de Fidel. Que con posterioridad comenzaran a hacerse evidentes las diferencias internas, los distanciamientos ideológicos, no quita del camino esta verdad histórica. De acuerdo con lo anterior, los historiadores estaríamos en la obligación, no de juzgar el pasado desde el presente, sino de reconstruir cronológicamente cada uno de los sucesos (al menos los conocidos) que nos han conducido hasta el día de hoy.

En el caso de Hemingway, hay que recordar que su muerte (el suceso concreto que dio pie a que el joven Fausto Canel emprendiera la realización de su documental) ocurre el 2 de julio de 1961, apenas dos días después de celebrada la última reunión de Fidel Castro con algunos intelectuales cubanos. El impacto de esa noticia fue mundial dada la estatura literaria del ganador del Premio Nobel, pero para los cubanos tenía un alcance especial debido a la relación que el mismo guardaba con la isla desde antes de 1959. Quiero decir, al margen del “uso apolítico” que se le quisiera dar a la noticia en esos instantes, la figura de Hemingway ya había sido utilizada de un modo polémico durante el período de insurrección contra Fulgencio Batista, y no siempre con un saldo favorable para él.

Aquí podríamos evocar las críticas lanzadas por Errol Flynn al escritor un poco antes de que Batista abandonara el poder. En una apasionante investigación sobre la relación de Flynn con los revolucionarios que luchaban bajo el liderazgo de Fidel en la Sierra Maestra, el estudioso español Alberto Elena se ha referido al cuestionamiento que el célebre actor hiciera a Hemingway por su declarada posición neutral en el conflicto de aquellas fechas. Y, efectivamente, en 1956 Hemingway había recibido un homenaje en Cojímar, y la prensa cubana resaltó la siguiente declaración:

“Me siento agradecido y emocionado por este no merecido homenaje. Siempre he entendido que los escritores deben escribir y no hablar. Por lo tanto, quiero ahora donar la medalla que recibí del premio Nobel de Literatura a Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, patrona de este país que tanto amo”. (2)

Para Flynn, sin embargo, aquello era imperdonable. Según su punto de vista, Cuba estaba viviendo bajo una dictadura, por lo que todos aquellos que amaban la libertad tenían la obligación moral de pronunciarse contra el régimen. De allí que a mediados de 1958 aceptara con verdadero entusiasmo el “encargo de la Hearst Corporation para  tratar de  llegar hasta Fidel en Sierra Maestra y escribir algunos  artículos  al  respecto con  vistas  a  ser  oportunamente  difundidos  desde  sus  numerosas  publicaciones”.(3) Y argumentaba su rechazo a la pasiva actitud asumida por Hemingway del siguiente modo:

“Es  extraño. Está bien  interesarse por España, Corea, Europa o cualquier otro rincón del mundo, pero nada de inmiscuirse en los asuntos cubanos. ¿Por qué? ¿Acaso no  forman parte  los cubanos del género humano? ¿Qué el régimen de Batista haya asesinado a 20.000 cubanos disconformes es algo que no nos  concierne  a  los  norteamericanos?  ¿Dónde  comienza  y  dónde  termina  el  interés legítimo?  ¿Quién  es  el  que  traza  oficialmente  la  línea?  ¿Quién  decide  en  qué  países podemos  interesarnos  por  los movimientos  de  liberación  y  en  cuáles  otros  no?” (4)

No me interesa en este breve post aludir a lo que otros como Norberto Fuentes (5) o Jorge Santos Caballero (6), por citar apenas dos, han investigado con gran profundidad. Más bien leyendo el post de Gerardo Muñoz me he sentido estimulado a asomarme a ese espacio virgen que, parafraseando el título del libro de Fuentes, podría nombrarse “Hemingway en el cine de Cuba”. Afortunadamente, Ediciones ICAIC contempla entre sus futuras entregas una investigación de Miryorly García titulada justo “Hemingway en el audiovisual cubano”, y es evidente que el documental de Fausto Canel será una referencia obligada, confirmando lo legítimo de aquella recepción positiva que tuvo en el momento de su estreno. Recuérdese, por ejemplo, lo que escribía Julio García-Espinosa por aquella fecha:

Canel se las ha arreglado para, con una edición ampliamente imaginativa, obviar la dificultad que representa plantear en un documental el sentido de la vida y la obra de un escritor. Es un documental que divulga la vida y la obra de un hombre y no es didáctico. Es un documental cuyo autor no abandona el cine como espectáculo y resulta lo suficientemente serio como para interesarnos en el análisis del material escogido. Habría que señalarle que, consecuente con esta última posición, se hacía innecesario insertar los testimonios presentes de Ivens y sobre todo el del viejo pescador amigo de Hemingway, ya que la pobreza de estas escenas debilitan la unidad del documental y apenas agregan algún concepto nuevo al mismo”.

NOTAS:

  1. Juan Antonio García Borrero. Cine cubano de los sesenta: mito y realidad. Ocho y Medio/ Festival de Huelva, España, 2007, p 245.
  2. Revista Carteles 35, La Habana, 26 de agosto de 1956, p 24.
  3. Alberto Elena. ¡Cuba sí¡ Errol Flynn y la aventura de la Revolución. (Inédito)
  4. Alberto Elena. ¡Cuba sí¡ Errol Flynn y la aventura de la Revolución. (Inédito)
  5. Norberto Fuentes. Hemingway en Cuba. Ediciones Letras Cubanas, La Habana, 1984.
  6. Jorge Santos Caballero. En la otra esquina del ring. Editorial Sanlope, Las Tunas, 2004.

Bibliografía:

Julio García Espinosa. Nuestro cine documental. Revista Cine Cubano Nro. 23-24-25, pp 3-21

Fausto Canel. Entrevistas con directores de largometraje. Revista Cine Cubano Nro. 23-24-25, pp 91-93

Lisandro Otero. Entrevistas con escritores. Revista Cine Cubano Nro. 23-24-25, p 100.

Hemingway, de Fausto Canel, por Juan Antonio García Borrero

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