La edad de la herejía

Libros Libros Editorial Oriente

Autor: Juan Antonio García Borrero

Editorial: Editorial Oriente

Año: 2002

Editor: Consuelo Muñiz Díaz

Diseño: Marta Mosquera

Composición: Teresa Melo

Realización computarizada de cubierta: Sergio Daquín

Prólogo: Julio García-Espinosa

Páginas:  238


Índice

A modo de introducción

Por una crítica imperfecta

La edad de la herejía

De la trascendencia, el cubano esencial y los camellos de Borges

Para una relectura crítica de la década prodigiosa

Desde la persistente complicidad de la memoria

Las aporías del gris

Alea o el sutil encanto de la provocación

La democracia del placer

De Carpentier a Solás: las luces de otro siglo

La utopía confiscada

Sobre el espectador-masa y el placer fílmico

La dictadura de los críticos

Agradecimientos


Prólogo

Palabras en tránsito

Por Julio García-Espinosa

Palabras en trance, palabras que quieren, que son, otras palabras. Palabras en tensión, que te perturban, que ponen a prueba tu identidad. Prosa ingeniosa, prosa de altura, prosa provocadora. Bienvenidas todas. Juan Antonio nos hace guiños, pide permiso para entrar en nuestra intimidad. Sabe que los críticos no son sólo ellos. También lo son los artistas. Poseedores estos del diálogo angustioso, de aquella contradicción que los obliga a moverse entre las razones de sus propias teorías y las sinrazones de su intuición.  Aunque tienen la ventaja de que los críticos requieren de la coherencia, mientras que los artistas pueden, deben, prescindir de ella. Juan Antonio se adentra en este universo como elefante en una cristalería. Pero este elefante  no rompe cristales, más bien busca incrementarlos. Sabe que la diversidad  puede ser cortante y que en esa diversidad es donde puede encontrarse la verdadera unidad. Él mismo es un cristal.

La Edad de la Herejía se pudiera titular también En busca de la cubanía perdida. Ojalá que nunca aparezca. Ojalá que siempre la estemos buscando. El tiempo que vive nuestro país, con todos sus laberintos, es también el que vive nuestro cine. Las relaciones entre las tensiones propias de un país sitiado y las fuerzas más legitimas de la creación, nunca son ajenas, cada cual, con su mirada, a la necesidad de convergencia. Nada es ascético en este mundo. La polución de la subcultura nos degrada a todos. La herejía, si bien es inherente a la obra de arte, no es un dogma. La herejía de la víctima no es la misma que la del victimario. El libro nos aleja tanto de la crítica sociológica como de la formalista o manierista, y quiere acercarla definitivamente a la vida.

El libro es desmesurado, abarcador, en su intento por alcanzar  para nuestro cine una visión más compleja, ausente de paternalismos, otorgándole patente de arte al entretenimiento, abriéndole espacios al cine sumergido, alertando al cine latinoamericano  que no es lo mismo crecer que ponerse viejo. Aunque a veces puede que el machete se enrede en la maleza… Un escritor puede ser un buen crítico pero no necesariamente un buen crítico tiene que ser un escritor. Como un actor de teatro puede ser un buen actor de cine pero no siempre es así. Es más, la cultura del uno le hace falta al otro, pero no le basta con esta.

Como en toda buena propuesta, en esta, también cada cual hará su propia lectura. La mía está marcada por una intensidad que sólo la explica las ansias de acabar de entrar en un verdadero siglo de las luces en lo que respecta al cine.

Juan Antonio nos alimenta esa utopía. La herejía más importante de “La Edad de la Herejía” es prefigurar ese presente. Me atengo a la mención que se hace de Michel de Certeau refiriéndose a la Historia. Si, como él afirma, es errónea la concepción de un Centro para el análisis de la Historia, se pudiera decir que igualmente lo es para el análisis de un film. La tradición, tal vez en este caso como en ningún otro, se rompe pero cuesta trabajo. Juan Antonio nos da fe de esto.

Siempre me he preguntado si Shakespeare o Lope de Vega necesitaron de la educación previa del pueblo  para que se comunicaran con sus obras. Claro que en nuestros días hay demasiados  espacios oscuros para dejarlos sin iluminación. Pero el análisis de un film no es posible bajo los mismos presupuestos que se le hace a cualquier otra manifestación artística. El afán  de rescatar al cine de su condición de espectáculo de feria y elevarlo a  la categoría de arte, no ha dejado de estar sujeto a criterios culturales más propios de la Literatura y de las Bellas Artes que de un arte que tipifica el advenimiento de “la obra de arte en la época  de la reproducción técnica”. Sin embargo, en estos trabajos de Juan Antonio está latente, y no sin razón, la voluntad de no hacer divisiones prematuras, de no dejar de  movernos entre el análisis tradicional, propio de las Bellas Artes y la inaplazable  necesidad a su ruptura  o, mejor, a su enriquecimiento.

En la época de la reproducción técnica, surge la posibilidad de que el arte deje de ser obra de mecenas, estatales o privados, deje los santuarios habituales y pase a ocupar directamente los espacios de la vida cotidiana. La electrónica, que revoluciona  aún más estas condiciones, vuelve a encontrar la resistencia que, en su tiempo, encontró la aparición del sonoro. Por otra parte, el cine no es sólo  descendiente de la tecnología, sino, sobre todo, de una cultura popular que, a través del tiempo se ha  mantenido sumergida. El impacto de su aparición no es otro que el de un arte capaz de superar  la inamovible división entre un arte culto y, otro, popular. Superación que espera  por la actitud consecuente de la crítica, asignatura pendiente  que tenemos todos. El cine, más que  ninguna otra manifestación artística, reclama la conciliación entre lo dionisíaco y lo apolíneo.

Algo parecido ocurre  con la música popular  y con la gráfica. Para hablar de la televisión a la cual la alta cultura apenas toma en serio. Sin embargo debemos esperar que, en nuestras escuelas, se les abra un día, a la Historia de estas manifestaciones, un espacio similar al que disfrutan  hoy la Literatura y las Bellas Artes.

En La Edad de al Herejía, no obstante algunos tópicos inevitables, estas ideas, a veces explícitas, otras, implícitas, nos procuran. El libro no trata, en lo fundamental, de rescatar películas subestimadas, ni siquiera de fortalecer todavía a aquellas consagradas por la tradición. Más bien quiere remover un conjunto de ideas que hagan posible alterar la inercia y la rutina de nuestras jerarquizaciones. Remover, en definitiva, las aguas turbias del canon que nos determina.

Dan ganas de parafrasear aquello de César  y decirle a Juan Antonio “Salve, los que van a vivir te saludan”.

La Habana, marzo  3 del 2001


Premios

Premio Ensayo José Antonio Portuondo 2001

Premio de la Crítica Literaria 2003

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