Santiago

Año: 1956

País: Estados Unidos

Género: Ficción

Formato: 35 mm

Tiempo: 93’

Color: Color

Productora: Jaguar Prod

Producción: Martin Rackin

Distribuidora: Warner Bros

Género: Aventuras (basada en la novela de Martin Rackin)

Dirección: Gordon Douglas

Guión: Martin Rackin, John Twist, basado en la novella de Rackin

Música: David Buttolph

Reparto: Alan Ladd, Rossana Podesta, Lloyd Nolan, Chill Wills.


Sinopsis

Un ex oficial de West Point dedicado al contrabando de armas, es contratado por los revolucionarios cubanos para llevar un cargamento desde Tampa hasta Santiago de Cuba, haciendo escala en Haití donde José Martí les paga por el alijo. El cargamento va guiado en el buque por la cubana Isabela, por cuyo amor rivalizan el ex oficial y otro contrabandista. Ya en Cuba, el joven, al calor de sus nuevos sentimientos y frente al espectáculo de un pueblo que lucha por su libertad, abandona el mal camino y se incorpora a las tropas del general Maceo, después de reñir con su adversario y matarlo. 


Santiago o 1898 en el imaginario hollywoodense

por Juan Antonio García Borrero

A mediados del año 1956 fue estrenado en Cuba el filme norteamericano Santiago, una película de aventuras dirigida por Gordon Douglas, e interpretada por Alan Ladd y la italiana Rossana Podestá.

A lo largo de su extensa carrera, Douglas (1909- 1993) demostró habilidades que le permitían moverse lo mismo en la comedia que en las películas de acción y aventuras. Cintas como I Was a Communist for the FBI (1951) o Them! (1954) le hicieron ganar fama de buen artesano; sin embargo, de las películas filmadas en Hollywood que ubican su historia en la isla, Santiago es tal vez una de las peores, al contener disparates tan antológicos como ese de presentar a José Martí y Antonio Maceo viviendo en pleno 1898.

En el inicio de la cinta, basada en la novela homónima de Martin Rackin, un narrador nos dice que “en 1898 el mundo se encontraba en paz, salvo en un turbulento punto, Cuba, la reacia colonia española que se consumía con las llamas de los conflictos internos”. Es el dispositivo narrativo que nos permitirá conocer a Cash Adams, ex capitán del Ejército de West Point que ahora se dedica al contrabando de armas, y que ha sido contratado por los revolucionarios cubanos con el fin de que haga llegar a Santiago de Cuba un cargamento. La nave en la que viaja hasta su destino final es guiada por Isabela (alias La Pasión, y que es descrita como la Juana de Arco de Cuba), hermosa joven cubana de la cual, como era de esperar, el ex capitán se enamora, debiendo enfrentarse incluso a otro contrabandista norteamericano que también se disputa la atención de la fémina.

En el momento de su estreno, Santiago fue atacada con dureza por el Centro Católico de Orientación Cinematográfica, al considerarla del siguiente modo: “Película de segunda categoría, plagada de errores históricos, que resulta especialmente risible y ridícula para los espectadores cubanos. La interpretación y la dirección son rutinarias, pero las escenas de acción y la técnica general son eficaces. En el fondo, hay un ingenuo homenaje a Cuba, frustrado por la pésima ambientación que revela un imperdonable descuido en el asesoramiento histórico de la filmación”.

Por su parte, el crítico Fernando del Castillo escribiría en la Revista Cinema:

A los norteamericanos se les ocurrió jugar a la historia y colocaron a los protagonistas en lugares tan pintorescos para ellos como Tampa, Haití… y Cuba, a la que presentan como una inhospitalaria selva africana con toque de tambores, matas de plátanos y gente descamisadas, sucias y barbudas, hablando un enredado idioma castellano con acento mexicano. Creemos que no había necesidad de ubicar la acción en Cuba y cometer tantas falsedades históricas. El José Martí que presentan en Haití, no se parece en nada al gran patriota que ofrendó su vida por la libertad de nuestro pueblo. Martí aparece ocupando una señorial mansión, amueblada lujosamente, en un apartado rincón haitiano. El actor que caracteriza a Martí es de piel tan oscura que parece mulato. Que nosotros sepamos, José Martí era de raza blanca y de cutis bastante blanco. Desde estas páginas pedimos la pena de muerte para el autor del disparatado argumento”.

Pero Santiago, más allá de ese merecido dictamen que la coloca entre las películas norteamericanas más flojas que se haya filmado alguna vez a propósito de Cuba, tiene al mismo tiempo su propia verdad histórica: en sus maneras de representar los incidentes que ¿sostienen? la historia, quedan reflejados los modos en que ha sido construida la nación cubana en el imaginario hollywoodense, y ya de paso, la percepción que tienen de sí mismos los productores de la cinta, o lo que es lo mismo, quienes con su dinero legitiman las narrativas dominantes.

En la narración de Santiago, Cuba no es ese conjunto de hombres y mujeres que, a lo largo de tantos años, se habían enfrentado al poderío del régimen español, sino que queda personificada en la figura de esa apasionada y vulnerable mujer que necesita ser protegida. Lo de la protección no es gratuito: forma parte de ese mito nacional donde los estadounidenses se auto perciben como guardianes insobornables de un orden mundial. No importa que en el principio de la cinta Cash Adams se comporte como un perfecto nihilista; lo que vale es el itinerario del héroe, el descubrimiento que este va haciendo de que (no obstante sus desencantos y acciones materialistas) porta los valores espirituales que, a la larga, han de iluminar a ese ejército de andrajosos luchadores.

Que el grueso de las secuencias de Santiago hoy nos parezca risibles no garantiza que el mensaje nunca haya sido eficaz, y lo que es peor, que no aspire a mantener su vigencia. Al contrario, el esquema narrativo al que apela la cinta se ha hecho natural lo mismo en las grandes superproducciones donde el héroe norteamericano asume su misión de liquidar el Mal, ya sea en el lejano Oriente o ante feroces extraterrestres, que en “inocuos” videojuegos donde la ideología de los grupos dominantes es disfrazada con el gran manto del ocio.

En este sentido, no es el mensaje superficial de Santiago, con sus disparates históricos fácilmente replicables, lo que a la larga nos obligaría a mantener la distancia crítica, sino el sentido de dominación cultural que, detrás de lo que se cuenta, permanece imbatible, pues, como apunta Edward Said: “Ni el imperialismo ni el colonialismo son simples actuaciones de acumulación y adquisición. Ambos se encuentran apoyados por impresionantes formaciones ideológicas que incluyen la convicción de que ciertos territorios y pueblos necesitan y ruegan ser dominados”.

Por eso en casos así, lo que se ha de lamentar no es tanto la existencia de películas al estilo de Santiago, como la de un público que termina haciéndole el juego a la propuesta, a través de la aceptación acrítica de lo narrado. Y es que Hollywood encontró en el año 1898 el gran filón del cual se siguen rehaciendo los filmes donde las pretensiones de dominación terminan transformadas en razones y motivos que pueden compartir con verdadero placer quienes mandan y los grupos subalternos.

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