¡Solavaya!

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Subtítulo: Confesiones de un viejo actor de provincia o del interior, según una categorización al uso.

Autor: Raúl Pomares (Raúl R. Pomares Bory)

Año: 2021

Editorial: Ediciones Alarcos (La Habana)

Edición: Yudarkis Veloz Sarduy

Diseño de cubierta: Dieiker Bernal Fraga

Diagramación: Lisandra Fernández Tosca

Conversión a E-book: Ediciones Cubanas

Prólogo: Carlos Padrón


Fragmento del prólogo

“Si me preguntaran qué me ha unido a ese ser de apariencia desaliñada que es Raúl Pomares, respondería sin pensarlo que me complace ser amigo de una de las personas mejor aliñadas de este mundo: su picante burla de la solemnidad, el frescor de sus ideas y la aguda salsa de su palabra, son elementos constitutivos de una personalidad criollísima, olorosa a finas especies y —como el ajiaco— presentada en lujosa cazuela, de las que se reservan para caldos de suculento espesor.

Metáforas culinarias aparte, cuarenta y tres años al lado de Raúl me han permitido conocer la fijeza de sus proyectos más íntimos, saborear sus prístinas ocurrencias y gozar como nadie de su magisterio actoral, avalado por ser uno de los intérpretes cubanos de más fecunda filmografía. Pero, alerta, amigos: no reduzcan a Pomares solo a su carismática proyección y a su excelencia como artista escénico. Nuestro hombre ha sido siempre un espíritu fundacional, realizador de originalísimas propuestas culturales y un versátil interlocutor del que nadie quisiera despegarse nunca.

Nacido en Omaja, paraje perdido en las sabanas tuneras y devenido santiaguero reyoyo por su amor al lomerío serpenteante, los sones matamorinos y el más caliente ron del universo; el lustre que Pomares ha dado a la cultura nacional se advierte en los delitos de haber pertenecido a la Sociedad Nuestro Tiempo, ser fundador de los Conjuntos Folclórico y Dramático de Oriente, los Cabildos de Santiago y Guantánamo, la Casa del Caribe y la Casa de las Tradiciones, confesarse escriba de ese clásico que es De cómo Santiago Apóstol puso los pies en la tierra, y ser señor del humor donde mayorea en ese género reinventado por él, “la conversada”. Inventor, más valedera que creador, es la palabra que lo define.

(…)

Este “loco” —como lo calificaron algunos— dejó su impronta en más de cincuenta largometrajes y unos veinte seriales de TV. El cachumbambé (de ¿la vida?) le negó el Premio Nacional de Cine. Y también, afirmo, el de Teatro” (Carlos Padrón).

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