¿Eres tú, papá?

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Entre los cineastas cubanos todavía es dominante el prejuicio que asume el cine de horror como algo asociado al ocio intrascendente. Muchas son las razones que pudieran explicar ese malentendido, pero la principal tiene que ver con la falsa creencia que piensa en el cine solo como arte.

Ese equívoco viene arrastrándose desde las fechas en que fuera creado el ICAIC, y se terminara convirtiendo en toda una declaración de principios aquel Por Cuanto legal donde precisamente se anuncia de modo concluyente que “el cine es un arte”.

Hoy sabemos que no, que además de arte (algo que puede apreciarse en muy contadas ocasiones) el cine es industria, comunicación, o maneras de evadirnos de una realidad que corre el riesgo de convertirse en un manual elemental del deber ser,según lo explican los grupos que estén en el poder.

En los últimos tiempos, ya varios cineastas cubanos (sobre todo jóvenes) han logrado liberarse de esa suerte de complejo de inferioridad que impedía filmar con franqueza desde una perspectiva diferente a la del Autor (con mayúsculas). Cineastas independientes como Jorge Molina o Miguel Coyula abrieron el camino, al apelar a ese cine “menor” de modo complaciente y efectivo. Y ahora llega Rudy Riverón con ¿Eres tú, papá? (2019), toda una joya del cine de horror psicológico.

Son varias las cuestiones que me estimulan de este filme: lo primero es que su propuesta va a contracorriente de lo que temáticamente asociamos al cine cubano. En el mismo hay personajes que uno de inmediato reconoce como cubanos, igual que el paisaje rural que en ningún momento deja lugar alguno a la duda.

Y, sin embargo, a Rudy Riverón no le interesa darnos más de lo mismo, y para ello se apoya en una elaboradísima banda sonora que consigue crear en el espectador una inaudita sensación de extrañamiento, además de esa sugerente dirección de fotografía del veterano Raúl Pérez Ureta, donde cada uno de los planos están en función de sugerir, más que describir, lo que está sucediendo. 

En este sentido, ¿Eres tú, papá? es de esas películas que parten de un referente concreto, pero consiguen crear un universo propio, con sus propias reglas. Como espectador, uno siempre se asoma a las películas con un horizonte de expectativas que va guiando la lectura, más allá de lo que la película misma nos cuenta. Riverón aprovecha ese imperativo sicológico para a cada rato sorprendernos con puntos de giro que descoloca esa lectura que ya habíamos anticipado.

Por otro lado, el uso de una narración más bien morosa, permite que en la película se haga visible el interés por mostrar la angustia en que aparecen atrapados los personajes. Esto la distinguiría de esas otras muestras del género donde apenas se van acumulando de modo mecánico acciones violentas y sustos ficticios que impresionan a muy pocos: aquí el infierno de los personajes va por dentro, y el director se desplaza de modo impecable por todos esos laberintos espirituales que conectan a cada uno de los personajes.

Para ello se apoya en el destacado trabajo de sus intérpretes. Gabriela Ramos (Lili) y Lynn Cruz (Alina) establecen un buen duelo interpretativo, aunque es Osvaldo Doimeadiós (Eduardo), el que a mi juicio va a quedar en la memoria, con la caracterización de ese personaje paternal y autoritario en el que es posible apreciar aquello que la Arendt diagnosticaba como “la banalidad del mal”.

Porque más allá de su ropaje genérico, esta es una película que nos habla de las relaciones de poder. De su anécdota uno puede extraer tantas interpretaciones como experiencias vitales existan, pero al margen de esas opiniones diversas estaría el hecho común que revela al ser humano enredado en el infierno de la dominación.

Luego estaría un desafío que no es menor para el crítico o historiador que investiga el cine cubano: ¿Cómo considerar en términos de nacionalidad a esta película cuya producción es enteramente británica, pero que responde por completo al marco de representación en que apreciamos el grueso de las cintas que llamamos “nacionales”?  

Digamos que para el crítico tradicional podría reproducirse la misma situación dramática que se narra en el filme: dominados como hemos estado durante tanto tiempo por la concepción nacionalista del cine cubano, en un principio nos sería difícil asumirlo como parte de nuestro “cine nacional”.

Hoy que se van borrando los antiguos perímetros que definían de un modo claro los perfiles de producción, distribución y exhibición, y podemos ensayar nuevas libertad interpretativas, seguimos atrapados en el sentimiento que nos hace rechazar lo que no responde de modo explícito a lo que el Padre ICAIC nos dijo en su momento en aquel Por Cuanto legal que hablaba del cine como arte. Y, sin embargo, ese otro cine cubano también existe, como ahora lo pone en evidencia ¿Eres tú, papá?.

Juan Antonio García Borrero

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