Los sobrevivientes o una historia garciamarquiana

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Por Mirtha Ibarra

La filmación de Los sobrevivientes fue, yo diría, una película dentro de otra película, o una historia garciamarquiana no filmada.

Todo comenzó un día en que Tomás Gutiérrez Alea (Titón) y yo buscábamos un lugar donde denunciar la tala irresponsable de los árboles, y de pronto pasamos frente a una casa majestuosa, que tenía en su frotón el nombre de Santa Bárbara. Titón detuvo el carro y nos bajamos a contemplarla. Estaba rodeada de plantas de café en su jardín, las enredaderas de picualas habían invadido su portal y penetraba por las ventanas. Todo destilaba desolación y misterio.

Daba la impresión de una casa inhabitada desde hacía largos años. Comenzamos a gritar: por favor podrían atendernos un momento, quién vive aquí… La respuesta fue una jauría de perros ladrando a capela.

Al pasar un señor en bicicleta le preguntamos si sabía quién vivía en esa mansión. El hombre nos contestó: “una anciana loca con una treintena de perros”. Más tarde averiguamos que se trataba de Flor Loynaz del Castillo, hermana de la famosa escritora, Dulce María Loynaz.

Titón no sabía cómo llegar a familia, pero la casa le había impresionado de tal forma que no quería renunciar a ella, pues tenía la certeza de que esa era la casa para su película Los sobrevivientes.

Decidió hablar con Eliseo Diego, el poeta, para que lo introdujera con la familia.

Me cuentaTitón que el día en que se sientan a firmar el contrato para el alquiler de la casa, cuando se lee el título de la película, Los Sobrevivientes, saltó Dulce María y dijo: “Esas somos nosotras”. Mario García Joya, el fotógrafo de la película, al ver que la atmosfera se enrarecía le dijo: “Dulce, aquí el que más y el que menos, ha recibido su ramalazo de la revolución”. Y todos rieron frente al chiste, que hizo posible la continuación de la lectura.

Fuimos a visitar la casa Titón, Mayito, Rapi Diego y yo. El portal tenía un aspecto fantasmagórico. Había santos de tamaño humano, pero con algunos de sus miembros ausentes; un brazo, parte del rostro, etc, pues fueron comidos por el comején, al igual que algunos sillones de mimbre. Flor nos recibió y también sus perros y un olor rancio a tiempo detenido.

Nos abrió la puerta y nos detuvo cuando íbamos a entrar: “un momento por favor”. Y regresó con una escoba. Comenzó a barrer la tierra que también había penetrado en la casa: “Por favor, no vayan a matar mis hormiguitas”.

Era una mujer no muy alta, con un color blanquecino, como si el sol no la hubiera tocado, su cabello corto canoso, su andar con mucha vitalidad. Sus ojos de una mirada inteligente y espiritual.

Entramos y comprobamos que el deterioro también había invadido el interior de la casa. La escalera para subir a las habitaciones en los altos había sido también corroída por el comején, por lo que no se podía acceder a las habitaciones superiores.

Todo en esa casa parecía inmóvil, como si en ella no existiera contacto humano. Sólo ella y sus perros. Como única sombría referencia.

Flor nos recibió con una elegancia de modales, no así de vestuario y comenzó a mostrarnos las habitaciones.

Llegamos a la parte posterior donde había un garaje. Lo extraño fue que nos hizo subir a los altos para que viéramos el automóvil de su padre, el general Loynaz del Castillo y las huellas de las balas cuando escapó de un atentado.

El automóvil parecía salido en ese momento de la fábrica, sino fuera por los pequeños agujeros que dejaron las balas. Siempre me pregunté cómo hicieron para subirlo. Al perecer después decidieron encerrarlo, le hicieron las paredes, y quedó como una pieza de museo.

La casa mostraba un total abandono. Titón le explicó a Flor que había que hacer algunos arreglos para poder filmar. Ella estuvo de acuerdo con la condición de que cuando terminara la filmación le dejaran la casa en ese estado en que la habían encontrado.

Titón no quería empezar la película de atrás hacia adelante, sino con un orden cronológico. Lo que implicaba arreglar y más tarde deteriorar, por lo que de esta forma respondía al pedido de Flor.

También le explicó que ella como católica colocaba en Navidad su árbol, a lo cual Titón le dijo que no había problema con esto.

Cuando todo estaba listo desde el punto de vista de la producción para comenzar a filmar, se les vino encima, un problema dantesco. Las matas de café en el jardín de la casa, no podían ser arrancadas según el Poder Popular. Era como si el jardín de la casa perteneciera al Cordón de la Habana, que en ese momento estaba en su totalidad sembrado de café. Los atrapó el demonio burocrático.

Los días pasaban y el comienzo y las fechas se atrasaban. Estábamos en casa de Mario García Joya cuando un amigo de él de Santa María del Rosario, nos dijo que no nos preocupáramos más, que mañana se resolvería ese problema. Todos estuvimos muy contentos, pues pensamos que conocía alguna persona que pudiera interceder.

Al día siguiente cuando llegamos a la casa de Flor, todas las matas estaban en el suelo, había venido con un tractor desde ese pueblo y le había pasado por encima varias veces, dejando el jardín listo para comenzar a filmar.

Una mañana de diciembre, al llegar a la filmación y traspasar la puerta de la casa seencontraron con un enorme árbol de Navidad. Titón se acercó a él y vio una carta. La abrió y leyó. Decía así:

“Querido Santa Claus, tu que con tanta carga puedes
no te pido que me traigas, sino más bien que te lleves”.

Titón llamó a Flor y le preguntóa quién ella se refería en esa carta. Su respuesta fue: “menos a usted, a todos los demás”. Aquí debo señalar que Titón me explicó más tarde que su madre había tenido relación con esa familia.

Yo asistía todos los días a la filmación, aunque no trabajaba en la película. Lo que me permitió hacerme amiga de Flor. Nos poníamos a conversar en la cocina y ella me hacía historias de su familia, las narraciones destilaban la añoranza de tiempos ya idos. Pero los contaba con la ilusión de atraparlos y hacerlos regresar, desde un refugio en su memoria.

Parecía estar dispuesta a enfrentar su soledad y la muerte, pues para ella, ya no eran una amenaza, inmersa en ese mundo mágico y generoso de recuerdos.

Un día me llevó hasta su armario para mostrarme sus vestidos. Comenzó a sacarlos. Y a contarme donde los había comprado: en Paris, Madrid, Londres.

Lo más terrible es que no se daba cuenta, o no quería percatarse que todos fueron hermosos vestidos, pero que ahora estaban invadidos por las polillas, y mostraban agujeros y roturas por cualquier sitio, convertidos algunos casi en harapos. Me llamó la atención un vestido de lentejuelas negro muy elegante, pero de una talla grande. Le pregunté si alguna vez había sido gruesa, y me contestó que nunca, pero lo había comprado para admirarlo porque era muy bello. “Es como admirar un cuadro, Mirtha”, me respondió.

En otro de nuestros frecuentes encuentros, me invitó a que visitara con ella la capilla. Era hermosa y colgaban de sus paredes los retratos de sus perros fallecidos. Comenzó a hacerme la historia de cada uno de ellos. De pronto se detuvo en la foto de uno y me comentó que había sufrido mucho con su pérdida pues ella lo adoraba, a tal punto que mandó a hacer un cofre de plata a Italia para guardar sus cenizas. Me mostró el hermoso cofre y me dijo: “Decidí no poner las cenizas en el cofre, por si entraba algún ladrón, que se llevara el cofre, pero nunca las cenizas de mi perro, ellas están a buen recaudo”.

Después la conversación dio un giro inesperado, se paró frente a otro de los pequeños cuadros, pero este no tenía una foto de perro, sino un pedazo de periódico con una foto de Fidel donde decía: “no soy comunista”. Se viró, me miró y me dijo: “¿Leíste bien lo que decía?”. Con una sonrisa irónica al salir, me dijo en voz baja: “Espérate, Mirtha, olvidé ponerle agua a mis lagartijitas”.

Una mañana en la cocina se encontraba con mucha angustia; me dijo: “tengo un poema en la cabeza y no tengo ni una hoja para escribirlo, ni siquiera papel de traza. Voy a pedirle a dulce que me envíe alguna hoja”. Al día siguiente me leyó un hermoso soneto donde se lamentaba de haber mancillado esa página en blanco.

La filmación continuaba y nuestras conversaciones también. “Mira, Mirtha, he recortado esta foto de este indio de la amazona para que el peluquero me haga este pelado”. Yo le contesté: “Flor, ¿usted está segura de que quiere ese pelado?”. Fuimos a hablar con Felo, el peluquero de la película que al ver la foto del indio se quedó sin habla. Era un casquete, como un güira, todo rapado a su alrededor y solo un círculo en el centro de la cabeza.

“Lo imprevisible de las modas, ahora los jóvenes se pelan así”. Felo le hizo el pelado a Flor que tenía el pelo blanco en canas. Al terminar ella comenzó a girar su cabeza y a sonreír muy contenta. Todos nosotros admiramos su valentía. Porque de belleza no se podía hablar.

Durante la filmación Flor nos visitó un día. Recuerdo que llegó con un vestido largo y caminaba como una modelo en pasarela, pero traía de calzado unos zapaticos negros de goma con huequitos que deslucía su porte. Y que todos llamaban en esa época kikos.

Se sentó en el sofá y comenzamos a conversar. Ella de vez en cuando volteaba su cabeza y miraba con insistencia un cuadro enorme que había en la pared. Continuaba la conversación y de nuevo observaba el cuadro, hasta que se decidió.

“Dígame, Titón, eso que yo estoy viendo, ¿es lo que es?”. Titón le respondió: “Si, Flor, eso que usted está viendo es lo que es”. Era un hermoso cuadro de Servando Cabrera Moreno, con un enorme falo.

Uno de esos tantos días de filmación, Titón tuvo una llamada alarmante de Dulce María. Flor se había ido a la casa de su hermana.

Dulce María quería que le explicaran que pasó en la filmación. Flor se encontraba en estado catatónico. No quería ni hablar, ni comer, se mecía en una comadrita y fumaba compulsivamente. Titón salió inmediatamente para la casa de Dulce María.

Comenzó a conversar con Flor para que le dijera qué había sucedido. Después de mucho insistir, Flor le contó que ella se encontraba paseando por el jardín cuando escuchó a un señor que miraba la casa y decía: “Sí, esta casa está muy buena para los desaparecidos”.

Ahí Titón se dio cuanta que se trataba del cineasta chileno Patricio Castilla, que estaba buscando una locación para una película sobre los desaparecidos en Chile. Ella pensó, creando su lógica, “primero los sobrevivientes, ahora los desparecidos” y se aterró.

Cada día, al regreso a la casa, yo le narraba todas mis conversaciones con Flor a Titón. Estaba encantado, y desde que llegaba, me preguntaba: “¿Qué tienes que contarme hoy?”.

Al finalizar la película estábamos en la cocina preparando un café y me miró muy pensativo.  Me dijo: “Mi amor, la película de Flor, es más interesante que la mía”.

Filme Los sobrevivientes (1978), de Tomás Gutiérrez Alea
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