En transparencias la vida (1986)

Cine Club Evaristo Herrera Cine Clubes de creación Cine y Artes Plásticas Cuba-Bejucal Cuba-San Antonio de los Baños Diapofonograma

País: Cuba

Género: Documental

Formato: Diapofonograma

Producción: Cine Club Evaristo Herrera

Dirección: Rafael Medina Ríos

Fotografía: Rafael Medina Ríos

Guion y locución: Omar Felipe Mauri

Grabación: Ernesto Rodríguez

Música: Silvio Rodríguez

Número de diapositivas: 25

Asesor artístico: José Ramón Llanes


Comentario de Omar Felipe Mauri:

Del San Antonio del Humor, y especialmente realizado para el salón provincial “Eduardo Abela”, fue el homenaje que rindieron los creadores bejucaleños a la figura y la obra de Rubén Suárez Quidiello. En transparencias la vida es una biografía mínima del pintor de los espejos del Ariguanabo, su decursar en la vida y la plástica, hasta su más reciente explosión de reflejos y enseñanzas.

El conejo (Rafael Medina Ríos) vino a mí para hacerle el diapofonograma a Quidiello, porque era un pintor importante. Había una imagen muy local de los temas, aunque Quidiello era de San Antonio, había hecho mucho en Bejucal. Al fondo de la barra del Hotel “Noy” había un mural de Charangas hecho por él antes de la revolución. Pero ya al triunfo, 64,65, se crearon en Bejucal escuelas de Música y de Artes plásticas. Estaban encima de la farmacia de la 9 esquina 14. Fueron profesores Quidiello, Posada, Sicre. Todo esto estaba muy conectado, Ibrahim Cabrera y Macareño, diseñadores de las carrozas, fueron alumnos de la academia. René Negrín, escultor bejucaleño, jefe de cátedra del ISA, también salió de ahí.  Hubo un grupo de personas formadas provechosamente. Jesús Cartaya, pintor y escultor, era el responsable de Bejucal.

Esos jóvenes bebieron de ahí. Quidiello tenía un importante arraigo. En el 80 ya estaba olvidado. La idea era rescatar historias locales, temas de la cultura que al final eran nacionales. Aunque el Diapofonograma de Quidiello no era específicamente así, abría la puerta a eso. Estuvimos tres días haciendo fotos y conversando con Quidiello.  Hacía te o café y sacaba obras que tenía guardadas.


GUION

Locutor: Hace más de medio siglo que Rubén Suarez Quidiello viene filtrando estos paisajes y escribiendo la crónica de sus aires como una trayectoria que es su vida misma.

Estas reconstrucciones del San Antonio pasado devienen en trozos de su infancia, de la primera juventud donde lo deslumbró la pintura que le enseñara un sencillo maestro de la primaria, de sus primeras lecciones en La Habana y de sus vínculos con la Juventud Comunista.

Desde esa época llega la costumbre de sentarse a estudiar junto al río, de meditar lo aprendido en las soledades de su reflejo.

Todo lo cotidiano lo hizo símbolo de su pintura: primero con aquellas influencias de Rivero Merlín, “el pintor de los colores en Cuba”, y después a partir de su ingreso en la academia, con los influjos de Menocal, Romañach, Carabia y los grandes del impresionismo (Cessane, Brake, Monet, Manet) que no tenían cabida en la academia cubana de entonces. Sin embargo, estos aires de renovación del mundo también llegaban allí: Amelia, Víctor Manuel, Carlos Enríquez y Portocarrero―alumnos como él― armaban su círculo de tertulias en el mismo patio de la escuela.

Quidiello declara no sin pesar su inconformidad con aquel tiempo de zozobras y muerte económica: “Una carrera de 4 años, la hice en 20, y aquí, este río, fue mi único estudio. Por eso es doblemente un símbolo: símbolo de mi pueblo, símbolo de mi carrera”.

También halló otras motivaciones en los paisajes urbanos que a diario se le ofrecían entregándole sus secretos más bellos y modestos. El silencio de las piedras y los rincones del campo le fueron develando sus misterios. Quidiello recrea, pinta lo que los demás no ven, y luego el pueblo los disfruta, y vuelve con nuevos ojos al rincón real que el artista eterniza.

Por eso, realmente, ―nos dice―, he trabajado para la posteridad, para que otras generaciones sientan lo que hay y lo que hubo en San Antonio. Enredándose en el curso del río, Quidiello fabricó su saga, como Utrillo por el Senna parisino. A la postre, ese París como este San Antonio, ha sido la única mirada que han respetado y respetan los tiempos.

Ante esa constante del río, y movido por un recóndito placer por la abstracción, una fruición interna que no siempre fue comprendida, Quidiello comenzó a descubrir el lado virgen a la realidad que lo cercaba. “Es lo real maravilloso: lo que está y es sorprendente; no lo que las mañas del artista o el poeta fabrican y luego lo achacan a la realidad. Me impresionaron los misterios de grises y temblores que transparentaba el agua, el agua corriente de nuestro río”.

Y recuenta hacia los ojos, cómo fue que la naturaleza, la estricta realidad del paisaje cedió a su representación en el agua, que por demás, no es el neto reflejo de lo que existe fuera de ella. No es exactamente lo que hace el holandés Hackin―artista que devociona nuestro cubano―; ni mucho menos el esnobismo abstraccionista que corre nuestros días. Es la realidad captada en su fluir, en su presencia de aguas que refunde las líneas y las teje con sus grises: “Yo veo por los ojos del río”.

Lo otro que le es tan querido como su propia obra, como el Ariguanabo o como su pueblo del humor, es el magisterio de 6 años que repartió entre obreros, mujeres y niños: algunos de los cuales son hoy logros insustituibles de nuestra plástica. En su taller libre comenzaron Villamil, Raúl de la Nuez, Jorge Suarez, René Negrín y otros que su memoria no alcanza a tocar.

Y ciertamente reconoce en este, uno de los tantos aspectos de lo real maravilloso que afirmó Carpentier: Un artista que tardó 20 años en graduarse, aspiró e hizo frutos de una pequeña escuela libre de artes plásticas.

“Creía mi deber seguir cultivando esa tradición pictórica de nuestro pueblo. Porque ello es tan valioso, tan valioso, como volver al río, nuestro símbolo, y tomar de él la vida en transparencias”.

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